La última hermana de Jorge Edwards

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Jorge Edwards Valdés es un gran escritor chileno (Santiago 1931) con estudios de leyes y de Filosofía en Princeton, siguiendo después la carrera diplomática que culminó con el puesto de Embajador de Chile en Paris. Ha recibido numerosos premios siendo el Cervantes 1999 el más prestigioso. Hace parte de la Generación del 50 chilena, aunque él se considera algo marginal a este movimiento. Actualmente reside en Madrid mayoritariamente.

Son once libros que he reseñado de él en este blog (pronto le habré leído la bibliografía completita…); no haré la enumeración porque puede resultar majadero. Es un autor que me gusta muchísimo y que descubrí tarde : un estilo elegante, un humor irónico, un fuerte atavismo chilensis. Su obra está marcada por el orden de las familias como represión frente al desorden y a la disidencia. El ultimo libro reseñado fue Fantasmas de carne y hueso en marzo 2016.

La última hermana necesita una explicación sobre el título porque yo estuve algo desconcertada con ello. La fotografía de la portada lleva una enfermera con un bebé en los brazos; tuve la idea fugaz al mirar la foto que podría significar la traducción de « enfermera » en alemán, lo que se dice « schwester », o sea, hermana, dando « la última hermana/enfermera »(die letzte schwester) . Pero no, leyendo el libro, y sobre todo leyendo algunas entrevistas que le hicieron al escritor sobre el libro, queda claramente planteado que « la última hermana » es la protagonista del libro : María Edwards MacClure, la menor de los numerosos hermanos Edwards MacClure ( 10 o más según las fuentes!), la hermana menor que tiene más libertad y que ve las cosas de otra manera. La hermana a la que se le permiten más cosas.

No es el primer libro sobre un pariente que publica Don Jorge. Ya lo hizo sobre el tío escritor Joaquín Edwards Bello, hermano de su padre (cf El inútil de la familia, 2004), y sobre el tío pintor, primo de su madre Jorge Rengifo Mira (cf El descubrimiento de la pintura, 2013). Y es vox populi que esta vez la familia no quería que escribiera sobre María Edwards, no querían que tocara el tema por compasión hacia María. Es quizá por ello que el escritor Edwards nunca la nombra con apellido completo ni tampoco cita a sus maridos con pelos y señales; acaso « la familia » lo tiene amenazado  si se hace más explícito…(la frase de Gide le viene al dedillo…«Familles, je vous hais! Foyers clos; portes refermées; possessions jalouses du bonheur

La última hermana es su novela N° 12 y el escritor cambió de casa de Edición, es una sorpresa adicional;  Jorge Edwards supo de María Edwards cuando llegó a Paris como diplomático en los años 60 y años después, cuando era Embajador de Chile en Paris, fue contactado y ayudado en las búsquedas por una bisnieta de María Edwards, María Angélica Puga Phillips que también acaba de publicar un libro sobre María Edwards,  Buscando a María Edwards (Ed. Furtiva, Santiago 2015). Gracias a los datos de María Angélica, encontraron y entrevistaron a un par de « niños » salvados por María Edwards, hoy en día señores de más de 70 años. El escritor Edwards trabajó con una documentación hecha de cartas, fotos y un diario íntimo.

¿Quién fue María Edwards? Esto lo encontré haciendo búsquedas en Internet  porque el libro no da las claves con claridad :nació en Santiago de Chile en 1893 como María Edwards MacClure, hija de Agustín Edwards Ross y de María Luisa MacClure, de clase alta muy privilegiada. Tuvo una vida bastante dramática: se casó con un diplomático, Guillermo Errázuriz llegando a Londres poco después de la Primera Guerra Mundial donde su hermano Agustín había sido Embajador y donde hizo muchas amistades literarias (de ahí su genuina afición a la literatura) y mundanas. Su marido se enamoró de la actriz norteamericana Peggy Hopkins y cuando ésta lo rechazó, Errázuriz se pegó un tiro en 1922 dejándola viuda con una hija, María Angélica.

María Edwards viuda de Errázuriz llegó a Paris a los 28 años, frívola y mundana con muchas relaciones y medios económicos lo que le permitió instalar departamento en uno de los mejores barrios parisinos, con muebles y objetos de arte de un valor inestimable. Su salón se convirtió rápidamente en una referencia social, diplomática y cultural. Se casó nuevamente con Jacques Feydeau, pero el matrimonio duró muy poco. Durante la Segunda Guerra Mundial salvó decenas de niños judíos de las garras de la Gestapo cuando trabajaba como visitadora social en el Hospital parisino Rothschild y por ello fue condecorada por Francia con la Legión de Honor y por Israel a título póstumo en 2006 en el Memorial Yad Vashem como Justa.

Volvió a Chile en 1960, empobrecida y acompañada por su última pareja, René Núñez Schwartz con quien mantuvo una relación especial; Núñez Schwartz se suicidó en Chile en 1970 con una cápsula de estricnina. María Edwards murió sola y pobre en junio del 72 a los 78 años de edad en Santiago de Chile.

Físicamente en la época de esta novela , era una mujer delgada, de ojos grandes, inquieta, creativa, gran lectora que se introdujo muy bien en los medios artísticos y burgueses parisinos.

La última hermana de Jorge Edwards narra la increíble epopeya de esta chilena que nada destinaba a una misión de esta envergadura. Por intermedio de sus relaciones empezó a trabajar como visitadora social en el gran hospital parisino Rothschild. Ella se propuso ayudar a esta pobre gente que arrestaban en el lecho mismo del hospital para encaminarlos a un destino sin retorno con los críos. A ella se le ocurrió sacarlos del hospital « sedados » en un ancho bolsillo de su capa de visitadora social. Así habría contribuido a salvar decenas de niños judíos que ella confiaba a una red que a su vez los colocaba con familias seguras. No solo arriesgó su vida, sino que gastó lo que le quedaba de fortuna para pagar los gastos de alimentación, de vestimenta y otros gastos. Al final de la Segunda Guerra estaba tan empobrecida, que tuvo que empezar a vender sus cuadros y muebles y hasta el departamento. Además fue estafada por un maleante que se proclamaba financista, entre chileno y panameño y que estafó a toda la colonia chilena adinerada.

Ella arriesgó seriamente su vida y fue apresada y torturada salvajemente por la Gestapo. La salvó la « amistad » o la admiración que sentía por ella el personaje masculino principal de la novela, el almirante alemán Wilhem Canaris que estuvo preso en Chile cuando participó en la Guerra de las Malvinas en la Primera Guerra Mundial a bordo de un barco que se refugió en aguas chilenas donde fue descubierto por los ingleses y donde fue detenido en la isla Quiriquina (cerca de Concepción) en el sur de Chile, de donde huyó con pasaporte falso. Canaris ocupó un alto cargo en el Tercer Reich, pero no quería a Hitler y conspiró en el atentado conocido como « Operación Valquiria ». Murió al final de la guerra torturado cruelmente siguiendo indicaciones personales del Führer.  Este almirante Canaris, un personaje de lo más ambiguo, la salvó de la muerte más horrenda y cruel.

El personaje de María descripto por el escritor Edwards me pareció muy simpático, pero algo desangelado, algo etéreo, una mujer un poco « volada ». En primer lugar, el escritor nunca la nombra con el nombre completo, es solo María. En el relato aparece un Jacques y no se sabe quién es. Luego René del cual se sabrá al final del libro que se trata de René Núñez Schwartz, su compañero. Quizá esto obedezca a un mandato familiar de no nombrarla en ningún caso. Otro punto que me extrañó en el libro, fue la desaprensión con su hija María Angélica que dejó en Chile a una edad en que las chicas necesitan terriblemente de sus madres, ¿con quién la abandonó en Chile? y durante tantos años…No la volvió a ver hasta su regreso voluntario en 1960, ya casada y con un hijo único adolescente…Qué desapego tan grande.

Su compañero René la describe así : su gesto era así, de hija de ricos, porque era contradictoria,  María, burlona, con algo de muchacha (de inocencia?), de adolescente, que nunca se le había quitado : niña caprichosa, de réplicas desconcertantes, de chispazos incisivos, provocativa. A la vez, tenía un corazón encendido al rojo vivo, una brasa ardiente, que no se sometía. Que nunca se sometería (página 9).

Lo que hizo esta mujer fue temerario. Fuera de serie. De un humanismo trascendental. De una discreción redentora, lo que resulta de la fuerza transformadora de la compasión. Pero una se pregunta hasta qué punto ella era consciente de las repercusiones, ramificaciones y consecuencias posibles de sus actos. Lo mismo cuando sus condiciones económicas comenzaron a flaquear gravemente. Siempre teniendo en mente que la familia la iba a sacar del apuro económico de todas maneras, pasara lo que pasara.

Porque se puede criticar mucho a la familia chilena desde afuera, ese país de farsantes con sus estrecheces y sus limitaciones ( página 344), ese país con sus rechazos sociales típicos de la vida chilena, ese mundillo  donde todo se convierte en pecado, ese país donde todo era imposiciones, sentidos del ridículo, prohibiciones sociales, cadenas invisibles. Pienso que por todo ese peso inmenso que significaba para ella volver a Chile, en condiciones que en Paris vivía como respiraba, sin darle cuentas a nadie, hizo que ella escogiera vivir en Paris aunque ella ya no fuera ni chilena ni francesa, ni de aquí ni de allá, pero contenta con ella misma.

Jorge Edwards describe muy bien el Paris de los años de la Ocupación alemana, hay una buena reconstitución histórica, con lujo de detalles pintorescos, interesantes, conmovedores y personajes reales descriptos con ironía, rasgo muy edwardesco, así como de vez en cuando un guiño directo al lector a la manera de Machado de Assis que J.E. tiene en veneración (lo que se comprende). Y tal como lo escribió la escritora rusa Irène Nemirovsky en Suite Francesa, como si fuese necesario ser extranjero para describir mejor estos trances de la Historia, los nacionales estando aún demasiado ofuscados para ser objetivos. En esta novela no trasluce casi ningún modismo chileno en la escritura como si el autor quisiera darle un máximo de toque afrancesado al ambiente.

Un libro excelente donde Jorge Edwards al parecer se inspiró muy libremente de Doña María Edwards. Y la anécdota, varias veces encontrada por mi, donde el escritor cita a Neruda quien decía que no hay que decir « cherchez la femme », sino « cherchez le chilien » porque siempre surge un chileno o una chilena por ahí. He aquí una chilena resucitada del olvido y que tuvo una acción espectacular en el plano humano. Y esta historia demuestra que las raíces no están simplemente donde se encuentran los orígenes familiares sino también ahí donde se deja una huella que se proyecta en el tiempo.

LA ÚLTIMA HERMANA, Acantilado 2016,  ISBN 978-84-16011-94-0

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