La muerte de Montaigne de Jorge Edwards

Don Jorge Edwards Valdés es un gran literato chileno de la generación del 50, amigo de muchos grandes de la literatura, con una vasta bibliografía. Desempeña aún el cargo de Embajador de Chile en París, cargo que lo debe halagar mucho porque padece de parisitis crónica, o sea, que adora  esta ciudad y la acepta con todos sus lastres y tonos de gris. Imagino que el escritor hace suya la célebre frase de Enrique de Navarra: ¡ Paris bien vale una misa!

Es un escritor que estoy descubriendo algo tarde y que me agrada sobremanera ; cada libro que le leo me gusta y tengo la sensación de tener en mano de la gran literatura. Su estilo es elegante sin ser pedante, con una prosa que tiene algo de prustiano, pero sobre todo, algo de profundamente chileno. La chilenidad le aflora por momentos con frases o dichos en lenguaje vernáculo, lo que me encanta y trae recuerdos de un pasado lejano, pero siempre presente y cada vez más presente a medida que fluye el bendito tiempo. Es también un autor muy honesto consigo mismo, explicando a veces planteamientos que se podrían mal interpretar. Y como se dice en buen chileno, « nunca le saca la vuelta al tema ».

Es éste el cuarto libro que le comento en el blog; fueron comentados La mujer imaginaria y El origen del mundo en mayo 2013, Los círculos morados en julio 2013. Tengo aún por leerle  otros dos  libros  que esperan en mis cargados anaqueles…

El azar es a veces curioso e interesante porque acabando de leer y reseñar (ayer) , Un été avec Montaigne d’Antoine Compagnon ( 2013), regalo de una amiga, me he topado con este libro en San Francisco (USA) y lo compré para leerlo y encadenar las lecturas sobre el genial bordelés.( Hay poco para escoger en las librerías hispánicas de San Francisco, pero los libros son más baratos y siempre trato de comprar todo lo que rastreo de interesante para mi).

La muerte de Montaigne es un libro excelente que se lee con fruición, con interés desde la primera hasta la última página, escrito con cortos, amenos y doctos capítulos que me subyugaron por la mezcla hábil de un profundo conocimiento del tema,  con digresiones exclusivamente personales de Jorge Edwards, un maestro de la digresión como el mismísimo Señor de la Montaña. Libro extraordinariamente fácil y agradable de leer.

La temática del libro es muy precisa puesto que el Señor Edwards habla de los últimos años del genial bordelés que fue Michel Eyquem de Montaigne ( Montaigne es el nombre de la localidad de donde esta familia es originaria , localidad que  dará el patronímico a la familia).

Este Michel de Montaigne o el Señor de la Montaña, como lo llama J.E., es una obsesión que  tenía desde sus tiernos años de lector empedernido, cuando lo conoció a través de unos escritos de Azorín. Desde entonces lo llevaba entre ceja y ceja. ¡Qué manera de tener « une suite dans les idées », como se dice en francés. Bravo !

Montaigne es un enorme personaje  de las letras francesas, una especie de monstruo sagrado, la quintaesencia de lo francés: cartesiano, librepensador, erudito, hábil político, amante de la naturaleza, europeo antes de la letra, gran lector, viajero impenitente, franco, directo, honesto consigo mismo y con los otros, buen vividor. Dato interesante , tocayo y contemporáneo con otro monstruo sagrado, esta vez universal, Miguel de Cervantes.

Don Jorge Edwards va a centrar su relato sobre dos puntos claves en la vida de Montaigne: su amistad férrea con Estienne de La Boétie, otro bordelés brillante (político y escritor) y su pasión crepuscular por la pedante Marie de Gournay , quien se ocupó de los escritos de Montaigne tras su muerte.

Su gran amigo, Estienne de La Boétie, tres años mayor que él,  le brindó una amistad masculina incomparable en calidad y que nunca Montaigne pudo superar. Difícil de explicar esta amistad avasalladora entre los dos hombres. Página 104 J.E. escribe: si sólo fuera una inclinación poderosa, casi desmedida, del alma, de la inteligencia, del espíritu; sería mucho más interesante calzarla mejor con la personalidad especial, única, de cada uno de los dos amigos. Estienne de La Boétie pertenecía a su mismo terruño, a sus costumbres, a su generación, a sus lecturas. Cuando le preguntaban porqué amaba a su amigo respondía con una frase que entró en la leyenda: porque era él y porque era yo. La frase lo abarca todo.

En cuanto a su pasión crepuscular por la joven parisina Marie de Gournay, hay pocos documentos contundentes y muchas suposiciones. Lo que es seguro es que hubo una fuerte comunión espiritual, de una fuerza telúrica descomunal, por lo menos por parte de ella. Se conocieron en el Paris de 1588, él con 55 años y ella de 22. Ella le escribió en ese año de gracia de 1588 una carta ardiente de pasión, después de haber leído Los Ensayos de Montaigne a sus 17-18 años, lectura que la dejó literalmente traspuesta, enajenada. Dice Jorge Edwards que en ese primer encuentro en Paris de 1588 hubo un pacto singular que fue cumplido al cabo de los cuatro años de vida  que le faltaban al Señor de la Montaña, y honrado por Marie más allá de la muerte. Ella lo amó con una vehemencia que se hizo famosa, que ella misma en sus escritos se encargó de dar a la fama.

Hay muchas otras cosas en el libro de Jorge Edwards, por ejemplo el rol ejemplar que tuvo Michel de Montaigne en estos años de lucha fraticida entre los católicos y los hugonotes. La relación que el bordelés mantuvo con los reyes de Francia, primero con el problemático Enrique III, en seguida con el volcánico Enrique IV. La relación que mantuvo con los representantes de la iglesia católica. Las relaciones políticas con el municipio de Burdeos, donde fue dos veces intendente. Etc.

Podría haber  discrepancia con el rol que Jorge Edwards atribuye a Enrique III en el pronunciamiento por la masacre de San Bartolomeo porque otros piensan que este rey tan indeciso y que no quería reinar, no se resolvía a dar la orden de muerte y que fue la mefítica reina madre que lo empujó a tomar la decisión, Doña Caterina de Medicis que Jorge Edwards describe como muy enferma y achacosa, pero que otros describen como la quintaesencia de la gente intrigante y malévola.

Hay quizá la construcción de un dicho,  de  parte del escritor, página 44 con la atribuición al francés del refrán  » retournons à nos bouteilles« ,que se dice más bien « retournons à nos moutons« , refrán que se usa después de una digresión, para retomar un tema. Poco importa el asunteque del refrán en esta inmensidad de conocimientos que nos brinda el talentuoso Jorge Edwards.

En todo caso Los Ensayos de Michel de Montaigne fueron una excelente preparación a la muerte, de parte del filósofo, ya que rindió su alma con toda calma y aceptación, y bastante rápidamente después de haberse declarado un problema infeccioso de la esfera ORL. Página 193 Edwards escribe: …Y ahora que estaba cansado, achacoso, afectado por sus piedras renales, por sus ataques de gota, por sus calambres, por inexplicables accesos de fiebre, pero con la cabeza buena, fresca, optaba por dedicarse a sus ensayos, a sus alargues, correcciones, digresiones, y por inspirarse en sus clásicos predilectos para enfrentar la muerte, para bien morir.[ No era un mal programa después de todo].

Y en una feria de libro en España, se le preguntó a don Jorge Edwards qué libro regalaría. Su respuesta fue « Los Ensayos » de Montaigne en una edición reciente de la Editorial Acantilado porque la ve como una obra muy moderna y libre en un contexto del siglo XVI francés. Dice don Jorge que esta obra solo se puede aúnar con « El Quijote » (un tocayo coetáneo de Michel de Montaigne) porque ambas escrituras son sabias y divertidas, con una mezcla de narración y de reflexión.

Jorge Edwards cita esta frase de Montaigne que encuentro magnífica : »Amigo hagamos siempre cuentos. El tiempo pasa y el cuento de la vida se acaba, sin que uno alcance a notarlo« . Hay una estrecha relación entre la ficción y lo que no es ficción. En el prólogo de 1580 de Los Ensayos, hecho por el mismo Montaigne, podemos leer « ainsi lecteur, je suis moi même la matière de mon livre. Comme ce thème est si frivole et si vain, tu n’as pas l’obligation de me lire« . Esto, según Edwards, inaugura en occidente la « literatura del yo » o el comienzo de la novela moderna (junto con Cervantes en España).

Montaigne inventó la palabra « ensayo » y dijo en uno de ellos « yo escribo ensayos, no escribo resultados »: es la actitud de total libertad del escritor renacentista frente a su materia y está anunciando al lector que no hay que creer lo que se le está diciendo.

Un libro interesante, fascinante.

LA MUERTE DE MONTAIGNE, Tusquets Editores 2011,  ISBN 978-84-8383-299-8

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