El país de la canela de William Ospina

William Ospina nació en Padua, Colima (Colombia) en 1954; es un poeta, ensayista, traductor, periodista y novelista colombiano.

Este libro es el segundo de una trilogía sobre la colonización española, cuyo primer tomo fue Ursúa publicado en 2005 y que necesitó 5 años de búsqueda; éste tomo, El país de la canela,  fue publicado en el 2008 , recibiendo el XVI avo Premio Rómulo Gallegos (2009), premio prestigioso que se concede cada dos años. El tercer tomo se editó en noviembre del 2012 bajo el título de La serpiente sin ojos.

El país de la canela es la épica historia de la invasión y destrucción del imperio incaico con la muerte de sus dioses y el viaje a ese lugar remoto que soñaron los españoles, escrito a la manera de los cronistas de las Indias Occidentales. Cuenta también la historia del descubrimiento del río Amazonas, o la zona peruana del Alto Amazonas , como se la conocía en nombre de la Corona española allá por el siglo XVI.

Es muy difícil escribir una reseña sobre un libro tan grandioso, importante, majestuoso, docto y además, escrito en un lenguaje barroco y elegante, poético- musical pero totalmente adaptado al lector actual. Como dice justamente Libardo Vargas Celemín ( catedrático,crítico literario colombiano), el libro se basa en la poeticidad del lenguaje. Jamás, a mi gusto, premio literario fue mejor merecido que éste. Cuando se cierra el libro y que pasan por el cerebro los párrafos leídos, viene un sentimiento de orfandad, de pérdida hacia lo maravillosamente espléndido del relato. Es la misma sensación que se tiene al terminar una película fabulosa cuando se prenden las luces y que la magia se evapora.

Ospina optó por un narrador omnisciente, que es un mestizo, hijo de español y de indígena ( aunque su origen indígena será escondido a las autoridades españolas para no perder el derecho patrimonial) y así ofrecernos la perspectiva de la conquista de América desde la sensibilidad de alguien que pertenece a los dos mundos. Su relato tiene el sabor de las viejas crónicas de Indias con 33 capítulos cortos, lo que le da agilidad a la lectura ya que no hay ningún diálogo. El relato es denso, profundo, untuoso y especiado, con un riquísimo vocabulario donde cada palabra y cada frase requiere una lectura reposada.

Son verdaderas puertas a otros cuentos y a otras vidas, compendio de la sabiduría clásica de la época, construyéndose así un libro claustrofóbico como la selva, pero cultísimo como el renacimiento, mezclando todo lo conocido desde el punto de vista intelectual y antropológico.

Los hermanos Pizarro (Francisco, Gonzalo, Juan y Hernando) son protagonistas en el relato. Era una caterva de cuatro hermanos de una grosera barbarie, sanguinarios, bestiales, ávidos de conquistas y de gloria. El más conocido es Francisco Pizarro, el implacable, el más brutal y ambicioso, quien no discutía con nadie, ni siquiera con su emperador Carlos V, quien logró el título de marqués y quien murió asesinado en Perú por los partidarios del hijo de Almagro ( Pizarro urdió el asesinato)y por sus felonías; con él convivían el toro y el cerdo, el romano y el vándalo. Francisco Pizarro fue  jefe militar del padre de nuestro narrador quien decía que los hombres valientes son demasiado confiados y los traidores son demasiado engañosos: el rey y el papa estaban muy lejos, y dedicados a sus propias rapiñas, para imponer en América la ley de Dios o de la Corona; la Conquista solo se abre paso con crímenes y muy tardíamente intenta redimirse con leyes y procesiones. Allí sólo triunfaban los peores. La Corona aceptaba que avanzaran con saqueos y masacres.

Gonzalo Pizarro, 24 años menor que Francisco,  emprende viaje con nuestro narrador hacia el mítico País de la Canela porque Gonzalo tuvo que inventar sus propias locuras: era apuesto, joven , era el mejor jinete de los reinos nuevos y como sus hermanos, nunca sintió otro amor que la pasión de mandar y la embriaguez de arriesgarlo siempre todo ; el destino no le deparó como al primero un marquesado sobre la sangre seca del Inca, ni le concedió el poder subalterno de Hernando, capaz de conducir sobre el océano barcos que por poco se hundían de oro. Buscaba un reino propio que estuviera a la altura de su ambición, y la noticia del País de la Canela le dibujó en el aire un destino más rico que la ciudad de pedernal de los muertos.

El libro no relata cosas maravillosas. Al contrario, son cosas terribles que esa conquista de América que pasó por la destrucción del imperio incaico por un puñado de hombres de Extremadura, empujados por la codicia, la avaricia, pero también aguijoneados por las leyendas que les aseguraban que en América se encontraban sirenas, centauros, gigantes y amazonas; estos hombres eran más salvajes e ignorantes que los propios indígenas, pero ellos llegaban del mundo occidental arborando la bandera de Jesucristo para perpetrar las atrocidades más grandes que se puede imaginar. Para entender a estos hombres, tenemos que pensar en la dureza de la vida en España cuando no se ha nacido en cuna de príncipes.

El libro relata la aventura de casi dos años que emprendió Orellana con Gonzalo Pizarro, partiendo desde Lima en pos de bosques de canela, especie proveniente de Arabia y con la cual  quisieron hacer fortuna. La canela: oro astillado en aroma, el túmulo de leños que hace siglos borraba en sus humaredas los palacios del Tíber, cuando, para despedir a su emperatriz muerta, Nerón hizo quemar sobre las plazas de Roma toda la cosecha que Arabia había producido en un año. Fue en las terrazas saqueadas de Cuzco donde Gonzalo Pizarro oyó por primera vez hablar del País de la Canela. Él tenía como todos la esperanza de que hubiera canela en el Nuevo Mundo, y cuando pudo dió a probar a los indios bebidas con canela, para ver si la reconocían. Un día, indios de la cordillera le contaron que al norte, más allá de los montes nevados de Quito, girando hacia el este por las montañas y descendiendo detrás de los riscos de hielo, había bosques que tenían canela en abundancia. Los indios no pudieron haberle descrito con exactitud, porque las dificultades de comunicación eran muchas, pero Pizarro adivinó las arboledas rojas de árboles leñosos y perfumados, un país entero con toda la canela del mundo, la comarca más rica que alguien pudiera imaginar. Buscando canela habían venido las tres pequeñas barcas del comienzo, como tres cascarones de nuez embanderados por un niño y arrojados sobre un azul sin bordes. Ya es una buena prueba del afán que tenía Europa por salir de si misma, buscando un cielo nuevo y una tierra nueva, esa fascinación por todas las substancias que llegan desde lejos: la pimienta, el jengibre, la menta, el cardamomo, la nuez moscada y el comino, el anís, la canela. Pero sobre todo la canela, el cinamomo de Ceylán, ese perfume de rocío y victoria, que según dijo Heródoto, crece en lugares inaccesibles protegido por dragones o duendes. Los sacerdotes de Egipto la utilizaron para embalsamar cadáveres y para agravar hechizos, pero las gentes ricas de España la usaron para aromar los alimentos que tienden a dañarse, cuando no para fabricar jabones y ungüentos, o pócimas que dan energía sexual. Cuando corrió la voz de que lo que nos esperaba tras las montañas no era un pequeño bosque sino todo un país de caneleros, el delirio dominó a los soldados. Todos creyeron a ciegas en el País de la Canela. Cada día Pizarro  repetía que fue buscando canela, y no oro, como llegó Colón al Nuevo Mundo.

Orellana y Gonzalo Pizarro  emprendieron viaje acompañados de 240 españoles ( 100 eran oficiales a caballo y 140 eran peones con mando sobre los indios), 4000 indios porteadores, 2000 llamas, 2000 perros de presa cebados y adiestrados para despedazar bestias y hombres y 2000 cerdos con argollas en el hocico para servir de alimentos, traídos en parte de España y en parte de Cuba y La Española. Diez meses demoraron en bajar desde Lima hasta el Amazonas y otros diez meses en atravesar el Amazonas, que descubrieron.   Nadie sale indemne del río y de la selva que lo ampara. Tantos hombres de España, tantos indios, tantas llamas, tantos perros, tantos cerdos subiendo por esas pendientes de viento helado, yendo a rendir tributo a unos dioses desconocidos, tanta gente dispuesta a morir por un cuento, por un rumor, ahora alarman, porque esa expedición sólo a medias era la búsqueda de un tesoro. Era sobre todo la prueba de una credulidad desmedida, una sonámbula procesión de creyentes yendo a buscar un bosque mágico, un ritual corroído por la codicia, espoleado por la impaciencia.

Las huestes fueron mermando en el viaje y pasaron tantas miserias, enfermedades, ataques, pero sobre todo hambre. Un hambre tan primogénito y animal que se comieron las pocas cosas en cuero que les quedaban: correas, trozos de alforjas y secciones de botas que hervían en el agua hasta que parecían ablandarse y las adobaban con hierbas desconocidas recuperando así su condición animal, improvisándose así como alimentos. Y recordaban que en los primeros meses de la selva les había causado malestar devorar a los buenos caballos y repulsión masticar trozos de carne de perro apenas asada con un poco de sal…

El arduo camino, sembrado de escollos no dejaba atrás descripciones de la orografía de una deslumbrante belleza:…las colinas frente a un valle infinito, pesado de ceibales y livianos de garzas, donde saltaban en las ramas altas los monos diminutos, donde se perfilaban palmeras contra el cielo radiante, donde se duplicaban en el agua los macizos de orquídeas, y una brisa corría al atardecer densa de perfumes, y la luna rojiza y enorme del verano brillaba suspendida sobre lagunas vegetales…(cercanías de la actual Cali, pg 175)

Pero también se describe el ambiente hostil e impenetrable de la selva amazónica:…el río Amazonas  es un camino inmenso y abierto, a veces bajo las lluvias y las tempestades, a veces bajo los temporales y sus temibles truenos y relámpagos; al amanecer entre espesos vapores, la selva era un fantasma lleno de gritos lúgubres, después una luz amarilla lo iba envolviendo todo. Desde el barco podíamos oír el bullicio de las arboledas, chillidos y silbos, crujidos y alborotos, saltos y caídas, el zumbar de los insectos, el chirriar de cigarras estruendosas, y a veces el rugido de un gato grande de la selva que se afirmaba en las ramas altas de un árbol. Después el calor se aquietaba como una capa de vapor sobre nosotros, el cielo se iba llenando de pequeñas nubes todas con la misma forma, pasaban volando pájaros enormes de plumas de colores, y hacíamos vanos intentos por pescar ya que la cacería estaba prácticamente vedada. La selva puede ser oscura, y enmarañada y laberíntica, pero el río es un camino inmenso y abierto, a veces bajo las lluvias y tempestades, a veces bajo los temporales y sus terribles truenos y relámpagos ( pg 246).

Un fiasco este viaje hacia un país que no existe donde nuestro narrador dejará su juventud y parte de su salud, volviendo a la vieja Europa pobre y desilusionado de la naturaleza humana.

EL PAÍS DE LA CANELA, La Otra Orilla (Grupo Editorial Norma) 2008,  ISBN  978-980-01-1715-6

Une réflexion sur “El país de la canela de William Ospina

  1. Me gustaría tener un ejemplar de este libro. Pero me pregunto porque se insiste en llamarlos conquistadores cuando realmente fueron invasores, realmente invasores….

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