Mi nombre es Malarrosa de Hernán Rivera Letelier

Hernán Rivera Letelier es un novelista y poeta chileno (Talca 1950). Se le conoce por sus novelas ambientadas en la pampa salitrera chilena. El hombre sabe de lo que escribe porque vivió su infancia en oficinas salitreras y trabajó como adulto en varias de ellas. Empezó su carrera literaria como poeta, ganando varios premios.

Es un escritor que me gusta mucho por lo verídico y sincero de sus relatos. Me llena de admiración saber que es casi un autodidacta que ha sabido crear una obra enteramente dedicada a ese norte chileno tan particular, tan árido, tan hermoso en su pureza ambiental, con los cielos estrellados más bonitos del planeta. Pocos lugares  desprenden una tal belleza,  casi lunar, con una paleta de colores  diferentes según la iluminación del paisaje,  fenómeno debido al  contenido variado y abundante en minerales de los cerros del desierto.

Encuentro que el novelista tiene mucha truculencia con su prosa, y posee un estilo  muy personal, utiliza un vocabulario exquisito. Tiene también gran originalidad para escoger los apodos de sus personajes, pero sobre todo, tiene magia para escoger los títulos de sus libros: » La Reina Isabel cantaba rancheras« , su primer libro que le valió el estrellato, « Himno del ángel parado en una pata« , « Fatamorgana de amor con banda de música« , « Los trenes se van al purgatorio« , « Romance del duende que me escribe las novelas« , « Historia de amor con hombre bailando« , etc.

Creo que los he leído casi todos   y cada vez ha sido un placer y una emoción intensos. No los voy a citar todos porque temo que la lista sea larga y la enumeración  fastidiosa. Curiosamente, el que menos me gustó fue El arte de la resurrección  que ganó el Premio Alfaguara 2010, porque encontré muchas repeticiones en el texto que me resultó a veces demasiado largo. Pienso que este justificado y merecido premio Alfaguara vino a reconocer una obra más que una historia, porque para mi gusto Rivera Letelier tiene opus mucho mejores.

Es verdad que sus novelas cuentan casi siempre lo mismo, historias alrededor de las oficinas salitreras de la pampa, con sus gentes, sus leyendas, sus anécdotas, sus costumbres. Todo un pasado que se hunde poco a poco en  el olvido colectivo. Gracias,  Hernán Rivera Letelier por dejar plasmadas tantas historias bonitas con tu prosa inimitable.

Hay que recordar que las oficinas salitreras, como se las llamaba, proliferaron en el árido desierto de Atacama entre 1810 y 1930 . Se fueron cerrando una tras otra porque la invención del salitre sintético hizo caer de 90% el precio del mineral extraído tan duramente por hombres que se calcinaron trabajando bajo un sol inclemente. El mineral  era nitrato de sodio utilizado como fertilizante y luego como componente de la pólvora, lo que fue el origen de colosales fortunas en Chile porque  con las guerras de independencia, el precio del nitrato de sodio se fue a las nubes. En pleno auge de las salitreras,   era necesario tener  diversiones para los miles de obreros que trabajaban en las minas a cielo abierto. Las jaranas y el rimbombo de los rudos mineros del norte con la proliferación de los bares, las casas de lenocinio, y las consecuentes borracheras y reyertas a granel, eran el pan de cada día. En este ambiente surgieron personajes increíblemente truculentos,  inefables e inolvidables,   que Rivera Letelier nos restituye con cada uno de sus libros.

Página 45 Rivera Letelier nos explica el proceso de cierre de una salitrera…Primero desapareció el humo: el humo de la usina, el humo de las locomotoras, el humo de las chimeneas de las cocinas de barro; más tarde desaparecieron los gringos, desaparecieron con sus mujeres, con sus mascotas y sus mayordomos vestidos de levita; después desaparecieron los comerciantes -primero los mercachifles, luego los establecidos-; después desapareció la policía, a continuación desaparecieron las putas, y, entonces, finalmente, desapareció el pueblo. Y ahí, de pie en medio de la pampa, bajo el sol blanco del desierto, nos dimos cuenta de que todos estos años habíamos vivido, habíamos trabajado, habíamos engendrado a nuestros hijos y enterrado a nuestros muertos en un espejismo...

Me pregunto la resonancia que estas novelas encuentran en lectores que no sean chilenos, porque la prosa comporta tantos chilenismos y tanto lenguaje coloquial que me parece que hay que ser chileno para captarlo plenamente. El lenguaje puede ser  bastante crudo, pero todo  suena sincero y verídico.

Mi nombre es Malarrosa ocurre justamente en 1930 cuando la oficina Yungay está en pleno proceso de abandono. Es la historia de una niña de 12 años que debió llamarse Malvarrosa, pero que por error del escribiente, quedó como Malarrosa. Es huérfana de madre y su padre es un tahúr que se ha jugado al poker lo poco que tiene y que además es un borrachín. Esta chica cuida de su padre como si fuera una mujer adulta; tiene madurez y ciertos dones como el de maquillar a los muertos o de encontrar objetos perdidos. El padre se acercará a un minero fortachón que lo salvó de la muerte en la matanza de San Gregorio y que le servirá de guarda espaldas; el hombre responde al apodo de Bolastristes y será un boxeador bastante exitoso con cuyas peleas se puede apostar dinero.

Es un verdadero western a la chilena con  escenas de una franca jocosidad ; el final de la novela es un poco triste, como a menudo en las historias de Rivera Letelier, pero es la vida misma y se acepta. Hay también párrafos de verdadera poesía, al mismo tiempo que unas descripciones del desierto chileno, absolutamente preciosas.

Es una novela donde el realismo mágico surge por sorpresa y nos atrapa.

A propósito de la pureza y belleza del cielo en la pampa, Rivera Letelier escribe página 29…El cielo de la pampa, alto, diáfano, explícito, es una gloriosa celebración de estrellas enfatizadas por la misma oscuridad que pretende sofocarlas, estrellas que alumbran y relumbran su propia lumbre inaugural, estrellas de todos los tamaños y luminosidades, estrellas más cercanas, estrellas más lejanas, estrellas inalcanzables; bellas como faroles de papel, fijas como ojos de gatos, parpadeantes como lagartijas; estrellas bautizadas, estrellas moras, estrellas muertas; estrellas frías como escarcha, ardientes como braseros, misteriosas como fuegos fatuos; estrellas formando cruces, vías, constelaciones; un reluciente y misterioso universo de cuerpos celestes- astros, luceros, soles, planetas, aerolitos- arracimados ahí, a un palmo de su alelamiento…

A propósito de la belleza del desierto y de la poesía del escritor…Bajo un cielo árido de lluvias, las piedras cantan su épico fragor de siglos, piedras que son como los lirios de los campos, como palomas caídas en picada y enterradas de cabeza en estas arenas infernales. Una astrología de piedras es el desierto de Atacama, no de piedras como frutos secos, duros, sin una gota de nada, como la conciencia de Dios; no, en este desierto castigado, sin nubes ni sombra de nubes que ungan su espinazo oxidado, las piedras palpitan, tiemblan, sufren escalofríos; tienen corazón de pájaro o de bailarina. Las piedras del desierto son estrellas caídas; en sus métanos anida el recuerdo cósmico, la nostalgia de la noche sin nombre en donde esplenden esas otras piedras celestes que titilan sus lucecitas como trinos de alondras, o pestañeos de bailarinas melancólicas

 

MI NOMBRE ES MALARROSA, Alfaguara 2008,  ISBN 978-956-239-582-3

Le confident d’Hélène Grémillon

Hélène Grémillon est un écrivain français (Poitiers 1977) avec une maîtrise de lettres et un DEA d’Histoire.

Le confident est son premier livre, ayant obtenu cinq prix et ayant été vendu à plus de 250 000 exemplaires. Belle réussite pour un premier roman. Un deuxième livre est déjà paru: La garçonnière.

C’est un roman épistolaire dont la lecture me laisse perplexe. J’ai trouvé cette histoire de mère porteuse particulièrement mélodramatique, surchargée de clichés, surabondante en complications scabreuses. Il est vrai que parfois la vraie vie dépasse la fiction , mais ici je n’ai pas mordu totalement à l’histoire. Sur un fond de « drôle de guerre » qui ne sert qu’à cadrer le récit, à lui donner une temporalité, nous avons l’histoire d’Annie à travers l’histoire de Camille (Louise) Werner. Annie a servi autrefois, malgré elle, de mère porteuse à une femme riche et stérile. Mais les choses n’étaient pas aussi limpides et la vérité est bien plus tordue et monstrueuse.

L’histoire que nous raconte Hélène Grémillon est bien construite , mais le style du roman n’est pas extraordinaire, c’est juste que la trame est riche en évènements.

Un livre bouleversant sur des faits hautement rocambolesques; il faut croire que ce livre a beaucoup plu, au vu du nombre d’exemplaires vendus…

LE CONFIDENT, Collection Folio N° 5374,  ISBN 978-2-07-044509-7

Cuando éramos inmortales de Arturo Fontaine

Arturo Fontaine Talavera es un novelista, poeta y ensayista chileno (Santiago 1952), considerado como un autor de la « nueva narrativa chilena » de los años 90;  asistió a un taller literario de José Donoso. Tiene dos maestrías en EEUU: un Master of Arts y un Master of Philosophy de la Universidad de Columbia.

Cuando éramos inmortales es su segunda novela de 1998, es un Bildungsroman o novela de aprendizaje,  donde el protagonista, Emilio,  trata de sobrevivir en la modernidad. La novela está narrada en primera y tercera persona, en presente y en pasado que se van intercalando en tono lírico o impresionista, pero con una sólida trama.

Carlos Fuentes lo destacó en muy buen lugar en su ensayo sobre la literatura latinoamericana, lo considera partícipe de la nueva narrativa chilena junto con Carlos Franz, un autor que acabo de leer (El lugar donde estuvo el paraíso). Como Carlos Franz,  Arturo Fontaine es también hijo de diplomático y también formado en un taller literario de José Donoso, o sea, que tienen un tronco común. Jorge Edwards, un literato chileno que me gusta mucho, dijo de este libro que es una novela para leer saboreando y paladeando, con una calidad de escritura que se da aún mejor con una relectura. Y le encuentro toda la razón porque Cuando éramos inmortales es un libro extraordinariamente rico y profundo, inolvidable, sobre el doloroso aprendizaje del crecimiento de un ser humano.

Encuentro que la temática de Fontaine tiene cierto parecido con la  de Jorge Edwards, y la similitud viene del peso enorme de la familia sobre la psiquis de los, en apariencia, tiernos niños. Pero el estilo de los escritores es muy diferente: para mi, Jorge Edwards tiene algo de « proustiano »  a la chilena. En cambio el estilo de Fontaine me parece más moderno, más libre, más directo, más psicoanalítico. Ambos escritores tienen buena dosis de humor, el humor de Edwards es más fino y más pícaro. Y Jorge Edwards, por encima de todo, lo siento como un escritor arraigadamente chileno, con unos dejos muy criollos en su literatura, lo que lo hace entrañable a la lectura.

Me encantó este libro y como lo sugiere Jorge Edwards, habrá que leerlo nuevamente porque da para mucha reflexión.

Es la historia de Emilio Carvajal, un pre-adolescente de muy buena familia que vivirá dolorosamente el paso hacia la edad adulta porque tendrá que afrontar la separación  de sus padres a la que él no entiende el fondo del problema, pero intuye muchas cosas. La descripción de la familia chilena burguesa de aquellos años (década 1960-70) es magistral : el miedo al qué-dirán; el rol jugado por los primos en el despertar de la sensualidad; el rechazo de la sociedad a las  parejas separadas (el divorcio no existia en aquellos años) donde los « separados » no son recibidos  por  la familia,  con el consecuente sentimiento de « desclasados »; el descubrimiento o más bien la sospecha de una vida sexual  de los padres; el  terrible desgarro cada vez que el muchacho atravesaba el umbral de cada casa después de un fin de semana alternativo ( la casa de la madre y el departamento del padre), pero sobre todo ( y aqui Fontaine se acerca mucho a Edwards) el traumatismo con el acoso que los escolares pueden experimentar en un colegio privado de curas. La ley del silencio por miedo a las represalias, al deshonor, a la pérdida de una cierta inocencia que ha sido violada.  Las vejaciones delante de los camaradas, llamadas « jarabe de membrillo » que no era otra cosa que varillazos en las nalgas hasta la sangre.

Pagina 208 nos aproximamos al sentido del libro cuando el narrador, Emilio, piensa de su prima Raquel…Y se preguntaba ahora si Raquel se acordaría de esto, si se le habrá venido a la memoria alguna vez ese adjetivo extraño y tan inútil en ese momento, pero revelador. Porque nosotros entonces éramos inmortales. Y lo éramos de manera espontánea, sin reflexión ni duda posible, es decir, tal como les sucede a los inmortales.

Iniciamos la novela con un pre-adolescente y la terminamos con la éclosion de una crisálida,  preparada para afrontar las penas de la edad adulta con un primer amor. Página 354 Emilio piensa que las opiniones de su padre, de su madre, no eran opiniones: eran el mundo. Entonces su castigo y su exigencia interior se topaban con un límite. Brotaba para Emilio, como de una vertiente inaudita, la paz. Ser feliz era, entonces hacerlos felices a ellos. Hasta que llegó un momento en que supo que su felicidad, su gracia y su desgracia, ya no podían surgir ni de su padre ni de su madre. Y ése fue, claro, el fin de la infancia. había cruzado esa raya sin querer y sin sentirlo; y se halló arrojado a lo desconocido. Solamente ahora se daba cuenta.

Lindo este libro, magnífico, emocionante.

CUANDO ÉRAMOS INMORTALES , Alfaguara 1998,  ISBN 956-239-052-7

Liquidations à la grecque de Petros Markaris

Petros Markaris est un écrivain, dramaturge et scénariste grec (Istambul 1937). Il est  traducteur en grec de Goethe et spécialiste de Bertolt Brecht.

Il a commencé à 57 ans à écrire des romans policiers mettant en scène le commissaire Costas Charitos dans le cadre d’une Grèce contemporaine malmenée par une crise économique sans précédent. Liquidation à la grecque est le premier volet de cette série consacrée à la crise hellène. Markaris appartient à cette nouvelle génération d’auteurs européens qui utilisent le roman policier comme outil critique pour dire le bien et le mal dans cette société contemporaine, car sous l’influence de la globalisation et de l’immigration, le crime a changé de nature à Athènes également. Et les véritables responsables restent dans l’ombre.

C’est un bon polar, bien rythmé par des courts chapitres qui se passe à Athènes. Des meurtres par décapitation, seront perpétrés chez des personnes ayant un lien avec les banques. Nous aurons même des implications européennes et un panorama riche en détails sur cette crise économique dans un pays dévasté par l’incurie et l’absence de sens civique de pas mal de citoyens. Le commissaire est très sympathique, assez bougon et taiseux, il doit combattre ses propres démons. Il est aussi un homme assez réfléchi et fin psychologue. Il résoudra ses cas non sans mal et avec beaucoup de doutes, ce qui nous le rend profondément humain.

Merci Françoise P. pour ce cadeau sympa.

LIQUIDATIONS A LA GRECQUE, Collection Points Policiers N° 3123,  ISBN 978-2-7578-3694-1

El error azul de Javier Lorenzo

Escritor, periodista y guionista español (Madrid 1960),que es también árbitro internacional de esgrima.

El error azul es su tercera novela, publicada en 2011. Lleva en la portada esta hermosa y elegante fotografía en blanco y negro de una pareja bailando. Esta fotografía me hace recordar la portada del último  libro de Carmen Amoraga leído hace muy poco La vida era eso.

El libro me enganchó cuando supe que era una historia de amor: un triángulo amoroso entre una mujer y dos hombres muy  disímiles y enamorados de ella desde la adolescencia. Pero la lectura me defraudó porque encontré que el relato es denso y la lectura resulta pesada. Otro libro más sobre la atroz guerra civil de los españoles. ¿Acaso no se acabarán nunca estas historias de atrocidades que acometieron los españoles entre ellos?

Tardé unas 120 páginas en entrar en el meollo del asunto y los constantes flash backs no ayudaron para alivianar la lectura.

El título El error azul está bien escogido: hace alusión a dos cosas: al « sello azul », un sello raro y preciado en Filatelia,  de real existencia y a las camisas azules de los falangistas.

La novela se sitúa en la ciudad de Teruel que es otra protagonista de la novela, es un canto a su belleza, a sus leyendas con los míticos amantes de Teruel, a sus torres mudéjares. La elección de Teruel  por Javier Lorenzo no es casual porque fue ésta la única ciudad española que fue recuperada por los republicanos, lo que puede explicar la extrema crueldad de la represión tras la reconquista  por los franquistas.

La temporalidad de la novela son los primeros años del franquismo con tres personajes de un triángulo amoroso: la bella Amelia amada por Alberto, hijo del alcalde del pueblo, y por Martín que ella escogerá por marido. Los hombres pertenecerán a bandos opuestos y se detestarán, Martín es ferviente socialista y Alberto un teniente del franquismo, cruel y corrupto. La España de entonces era ruda y despiadada « con una Iglesia que, salvo honrosas excepciones, sólo está para incensar a los poderosos; con una España en la que la mayor riqueza del pobre es su sobreabundancia de apellidos, qué otra cosa podía hacer sino tomar partido » (página 117). En cualquier caso, la sexta vocal es la que en España señala el comienzo de todos los conflictos. La que simboliza el miedo a pensar, a discutir abiertamente y sin prejuicios. El único riesgo que un español no está dispuesto a arrostrar es el de que le convenzan (página 125).

Alberto el falangista,  se verá involucrado en una pasión por la Filatelia, no tanto por el conocimiento que este hobby aporta, sino por el lucro que se puede obtener con los sellos. De manera que en el libro abundan datos sobre la Filatelia, lo que agrega una nota singular e interesante.

Hay una frase en la novela que vuelve a menudo y que la resume muy bien. Era una frase que le repetía su adorada abuela Generosa a Amelia « Ninguna mujer es culpable de que la amen dos hombres a la vez ».

 EL ERROR AZUL, Planeta 2011,  ISBN 978-84-08-09240-7

Café Lowendal et autres nouvelles de Tatiana de Rosnay

Tatiana de Rosnay est un écrivain, journaliste et scénariste franco-britannique née en France en 1961 et qui peut écrire directement en français ou en anglais. Je l’ apprécie particulièrement car son style est  très direct, sans fioritures et elle sait aller au fond des choses. Celui-ci est le quatrième livre que je commente d’elle, après Le coeur d’une autre, Amsterdamnation et Spirales.

Il faut dire que Café Lowendal est une compilation de nouvelles (10) mais j’en avais déjà lu six d’entre elles dans Amsterdamnation, il y a ici seulement quatre nouvelles originales.

Café Lowendal est une très bonne nouvelle qui montre jusqu’où peut aller une vengeance féminine; un peu le même thème que dans Ozalide. J’ai beaucoup aimé Un bien fou et je vous le cite in extenso ci-après:

UN BIEN FOU. Une mer bleu marine fouettée par des crêtes blanches. Une maison carrée posée sur une falaise. Une lumière dorée. Une plage blonde. Devant l’écran de l’ordinateur, Max chuchote: « C’est divin » (Il pense au soleil sur sa peau, à l’eau salée, à l’ouzo.) Je dis « Oui, c’est sublime » (Moi, je pense à la femme de ménage dont le salaire est compris dans la location). Les enfants, Salomé (10 ans) et Gaspard (8 ans), trouvent ça sublime aussi. L’hiver a été rude. Froid et neigeux. Constellé d’ennuis. Les problèmes au travail pour Max. Des petits soucis de santé pour moi. Le décès du grand- père de Max. Les ennuis scolaires de Salomé. Ce n’était pas donné, cette maison sur une île grecque. Mais on le méritait,  disait Max. On en avait besoin. C’était nécessaire de recharger les batteries, d’aller chercher le soleil. Ça nous ferait un bien fou. Alors on a réservé.

Un bien fou.

Le jour du départ, Max n’arrêtait pas de répéter ça à voix haute, « Un bien fou », un mantra, les maxillaires crispés, les mains agrippées aux accoudoirs. L’énorme ferry tanguait comme une pirogue prise dans la houle. Les autochtones, habitués, dormaient ou lisaient. Les touristes rendaient tripes et boyaux. L’odeur était insoutenable. « Un bien fou », chantonnait Max, tandis que ses enfants hoquetaient, exangues, éclaboussés de vomi tels l’héroine de L’Exorciste. Moi, vautrée, les bras en croix, je devais arborer le même visage méconnaissable que lors de mes accouchements.

Dès l’arrivée, le charme opéra. Le vent était chantant, parfumé. Tout le monde se sentit mieux. Une Jeep attendait, avec un gentil chauffeur. Un sentier ensablé menait à la maison blanche tout en haut de la falaise. La même que sur le site internet. Ravissante. (Ouf, dit Max). Sur le palier une dame pimpante patientait, vêtue d’un tablier. Le frigidaire était plein de choses fraîches et appétissantes, la décoration intérieure était jolie, une salle de bains high-tech, impeccable, et les lits étaient faits. (Ouf, pensai-je).

Le soleil allait se coucher, vieux rose, dans une mer scintillante et apaisée. La dame avait préparé l’apéritif. Nous l’avons pris sur la terrasse, face à la mer. La vue coupait le souffle. On voyait les ferrys sillonner sur la grande nappe argentée teintée de rouge. Droit devant, les flancs sombres et massifs d’une autre île. C’était presque trop beau pour être vrai.

(Quand je repenserai plus tard à cette première soirée idyllique, je me dirai qu’il y avait eu, comme ça, cette petite bulle, cette parenthèse bénie où tout avait été magnifique, simple et fluide.)

Le lendemain matin, un lundi, alors que nous prenions tous les quatre le petit déjeuner sur la terrasse, assez tôt, vers huit heures, en jouissant de la vue, du silence, du murmure de la mer, de la caresse du vent, un bruit effroyable se fit entendre. Celui de plusieurs marteaux-piqueurs effrénés, stridents, insupportables. Cela venait de plus haut sur la falaise. Et cela dura toute la matinée. On alla à la plage, stoïques. Mais même en bas, on captait toujours cet infernal bruit. L’après-midi, ce fut pire encore. Deux camions monstrueux, auréolés de nuages de gaz noirâtres et puants, entamèrent un incessant ballet en montant et descendant des cargaisons de briques, pierres et gravats. Ils passaient à un mètre de la maison et les fondations tremblaient à chaque fois. A six heures du soir, cela stoppa, enfin.

Nous avons dîné en profitant du divin silence. Même les enfants se taisaient, respectueux. Vers minuit, les petits étaient couchés depuis longtemps. Max et moi avons parlé sur la terrasse. Les travaux allaient-ils reprendre le lendemain matin? Que faire si c’était le cas? Nous avons décidé de ne pas laisser cette pensée gâcher nos vacances. On verrait bien. Max se leva pour aller dans la salle de bains.

Je fumais tranquillement en regardant les étoiles, la tête en arrière. On était bien, quand même, ici. Comme c’était beau. J’avais déjà oublié les marteaux-piqueurs et les camions. Demain, j’achèterais des masques de plongée et des palmes. Les enfants seraient ravis.

Max fit une apparition brutale, dans mon champ de vision. Son visage s’était comme affaissé. « Qu’est-ce que tu as? » demandais-je, effrayée . Il bégaya une phrase incompréhensible, un index tremblant dardé vers la maison. J’ai pensé qu’il y avait un insecte dans le lavabo, un scorpion, une araignée, une bestiole dans ce genre qui avait terrifié Salomé ou Gaspard, et que Max ne savait pas gérer.

Arrivée dans la salle de bains, une vision stupéfiante m’accueillit. Les toilettes suspendues, hyper-modernes, s’étaient décrochées et gisaient sur le côté, vidées de leur contenu (eaux, papier toilette, et productions intimes de mon mari). « Mais qu’as-tu fait? » dis-je, ahurie. Je n’aurais pas dû. Il perdit son sang-froid habituel. Il ressemblait tant à sa mère dans ces moments-là. J’ai détourné les yeux, j’ai encaissé. Qu’avait-il fait? Putain ! J’étais folle ou quoi? Il s’était assis, point, pour aller aux toilettes. Il s’était ASSIS, merde !

Il n’y avait pas autres WC dans la jolie maison. Le lendemain matin, Max appela l’agence de location. On promit d’envoyer un plombier dans l’heure. Tandis qu’on attendait le plombier, en expliquant aux enfants incrédules mais amusés qu’il fallait faire leurs besoins dans le jardin, les camions et les marteaux-piqueurs avaient repris leur concert infernal. A boutr de nerfs, je décidai d’aller voir d’où venait ce boucan.

Nous sommes montés tout en haut de la falaise avec Gaspard. Un vaste chantier s’offrit à notre vue. Des camions, des pelleteuses, des montagnes de gravats. Un italien richissime se faisait construire une maison somptueuse. Ça allait durer encore deux mois. Nous sommes redescendus. Je ne savais pas comme annoncer la nouvelle à Max. Max carburait à la perfection. Dans le monde de Max, tout était parfait. Tout était « merveilleux et divin ». Il valait mieux ne rien dire.

Le plombier arriva en fin de journée, alors que ma petite famille avait subi le bruit, la fumée, et le manque de toilettes. C’était un brave gars du coin, rustre, la clope au bec. Il se gratta la tête devant l’épave des WC. Le type de l’agence était là aussi, et traduisait. « Ah, c’est très embêtant, il dit qu’ils n’ont pas du tout ce modèle, ça vient d’Athènes. Ça va mettre des semaines. »

Max resta étonnamment calme. Pas grave. Aucune importance. Il décida de nous emmener à une nouvelle plage, un peu plus loin. On irait en Jeep. On fuirait les camions et l’absence de WC. À notre retour, la personne de l’agence aurait surement trouvé une solution.

Une fois sur la plage- déserte, belle, balayée par le vent- Max se lança dans l’eau. Il nagea longtemps, en évitant les nombreux véliplanchistes. Il devait se dire que tout ça c’était « extraordinaire, divin, merveilleux », le corps pétri par les vagues, le souffle court.

Lorsqu’il est sorti de l’eau, et qu’il s’est allongé sur sa serviette, j’ai vu la bouche de Salomé s’arrondir d’horreur. Max s’était profondément entaillé la plante du pied sur un rocher ou quelque chose de coupant. Ça pissait le sang. Partout. La plaie était moche. J’ai paniqué. Personne sur la plage à part les véliplanchistes sur l’eau. Il fallait l’emmener aux urgences.

« Oh, mais tu pleures,  papa ! » bredouilla Gaspard. Max sanglotait comme un gosse, l’échine pliée, la morve au nez, secoué de spasmes. Jamais je ne l’avais vu pleurer comme ça. On aurait dit que ça lui faisait un bien fou.

Voilà, toutes les nouvelles de Madame de Rosnay ont cette touche qui va droit au but et qui remue. Quel talent !

 

CAFÉ LOWENDAL, Livre de Poche N°33504, 2014,  ISBN 978-2-253-17562-9

El lugar donde estuvo el paraíso de Carlos Franz

Carlos Franz es un escritor chileno (Ginebra 1959) que posee  también la nacionalidad española. Estudió derecho, pero se dedicó exclusivamente a la literatura después de hacer un taller literario con José Donoso. Colabora con varios periódicos.

Tiene unas siete publicaciones entre 1988 y 2011. Su nombre fue citado por Carlos Fuentes (junto con otro chileno, Arturo Fontaine, también por leer) en el magnífico ensayo sobre La gran novela latino-americana  (2011), lo citó como un representante de la « nueva narrativa chilena » con la  siguiente frase: « voz nueva, poderosa, creativa y comprometida con la palabra« . Viniendo de un Carlos Fuentes ésto es gloria y desde entonces  tenía pendiente leerlo. Memoria chilena, la biblioteca virtual de la Biblioteca Nacional chilena lo define como un escritor con gran manejo estilístico al servicio de narraciones vinculadas al dolor, al destierro, al viaje. Tengo otro libro de él que espera lectura sobre mis cargados anaqueles, se trata de Almuerzo de vampiros.

El lugar donde estuvo el paraíso fue finalista del Premio Planeta Argentina 1996 y fue llevado al cine en 2001 por el español Gerardo Herrero, bajo el mismo título y con el actor argentino Federico Luppi en el rol principal.El lugar donde estuvo el paraíso
Trataré de ver la película, pero sólo después de la lectura para hacer funcionar primero la imaginación y no influenciarme con la adaptación cinematografica que a veces es muy libre.

El libro es muy bueno, describe muy bien esta vida errante y artificial del insondable Ministerio de Relaciones Exteriores, la errancia permanente, el lado oscuro que no puede evitar de codearse con gente patibularia, la propensión al alcohol,  inevitable falso amigo para evitar el tedio y anegar  penas.

Es la historia del Cónsul chileno  (nunca sabremos su verdadero nombre) en Iquitos, al comienzo del Golpe Militar. El Cónsul  recibe a su hija de 19 años, Anna,  como cada año durante las vacaciones largas. Pero esta vez el Cónsul tiene casa y pareja, una misteriosa y bella joven loretana a penas mayor que su hija. El clima de Iquitos es pegajoso, venenoso, descrito con lujo de detalles, a tal extremo que las descripciones provocan sensaciones sinestésicas poderosas. Página 170 tenemos la clave del título: Quizá este infierno sea el sitio donde una vez estuvo el Paraíso…

Una idea del clima selvático reinante en un lugar como Iquitos y el agobio que puede  resultar …(habla Anna, la narradora) mi verano tocaba a su fin. Pero era sólo mi idea del verano. Aquí no había estaciones de verdad. Aquí la vida brotaba para pudrirse enseguida, aplastada por su propia exuberancia. Las lluvias continuarían, y con ellas vendría la crecida. El río se hincharía. Belén la ciudad flotante se elevaría unos diez metros y volvería a bajar. Eso sería todo. El calor y los olores y el verde parejo de la selva serían siempre los mismos. Una podía caer fácilmente en la ilusión de que el tiempo no pasaba. Tal vez por eso el Cónsul había soñado toda su vida con estos puestos en la banda cálida del mundo. Quizá en estos lugares sin estaciones era más sencillo persuadirse de que realmente se es inmune. Inmune al cambio, al deterioro, a la muerte. Lo único que puede esperarse después del calor, es la lluvia, y después de ésta, aguardar de nuevo el calor.

El papel de la hija lo encontré ambiguo y venenoso. Tiene con el padre una relación un poco especial; no es la de padre e hija, sino la de una pareja, pero sin  incesto. En todo caso Anna, tan joven y que es además la narradora, tiene reflexiones que no corresponden a una muchacha de esta edad, además que consume alcoholes fuertes como quien toma Coca-cola…y se permite interferencias graves con la gente. Es una persona bastante descolocada y el perfil sicológico le correspondería mejor a una treintañera, que será la edad de Anna al final de la novela.

El exilio y el desarraigo es una idea que merodea a lo largo de la novela. Carlos Franz es hijo de diplomático y debió conocer  bien estas situaciones. Página 32 leemos…por lo visto, siempre el exilio de un hombre puede haber sido el paraíso de otro…Sólo había que tener a mano la voluntad de escapatoria, de fuga, la huida de esa inmovilidad donde las cosas y las almas se asientan y corren el riesgo de echar raíces… »Vivir en el exterior ». Era una de sus nociones favoritas. El había tomado distancia para ver la vida desde donde uno no puede hacer ni recibir daño: desde el exterior. Desde el perímetro de esas cosas que la otra gente llama vida: la familia, la política, el propio país…El Cónsul era doctor en una ciencia cuya única receta era el cambio de aires, la amputación de las raíces, la expatriación.

También la idea del viaje es recurrente en la novela. El Cónsul ha pasado su vida viajando (¿huyendo?)...El tiempo había quedado entre paréntesis allá, en nuestro lejano país. Dicen que quien consiguiera viajar cerca de la velocidad de la luz no envejecería. Permanecería él mismo, mientras el universo se fuga hacia el pasado. Tal vez por eso viajamos.

La parte política de la novela está rápida y claramente planteada, pero no es parte importante en la historia. Sirve solo para fijarnos la época de la narración. Lo que realmente prima es el clima malsano, la relación extraña entre padre e hija, la dependencia al alcohol  del Cónsul, su desliz  hacia la corrupción, la tragedia final y su decadencia.

Buen libro, lectura que se pega a la piel como el clima pegajoso y malsano de Iquitos.

ADDENDUM: anoche visioné la película de Gerardo Herrero del 2001. La adaptación cinematográfica es muy cercana al libro, el director no se tomó ninguna libertad con el texto, pero el ambiente pegajoso, casi venenoso y malsano del libro no pasa con las imágenes. Tuve un problema de comprensión del lenguaje, la dicción de algunos personajes era débil, articulaban bajo y mal, no les entendía nada; para mi oreja destacaba la buena dicción del argentino Luppi, pero sobre todo la de Gianfranco Brero, en los roles respectivos del Consul y de un policía local.

El hecho de que el Consul era chileno estaba más difuso en el film, y a principios de la película, un texto explicaba que en esa década las dictaduras militares proliferaban en varios países, sin recalcar donde nos situábamos con el Consul, como para darle más « universalidad » al guión.

En resumen, libro excelente y película sin mayor interés para el que no ha leído el libro.

EL LUGAR DONDE, Planeta 1996,  ISBN 950-742-782-1